lunes, 6 de julio de 2020

Jack el perezoso



Escrito por: Flora Annie Steel
Duración de la lectura: 5 minutos
 
Érase una vez una mujer muy pobre que vivía en una pequeña choza. El poco dinero que tenía se lo ganaba tejiendo. Tejía a todas horas hasta que anochecía. Pero aunque trabajaba mucho seguía teniendo muy poco dinero.

La mujer tenía un hijo llamado Jack, que vivía con ella en la choza. Jack era tan vago que se pasaba el día sentado junto al fuego. Nunca hacía nada. No tenía trabajo. Todo el mundo le llamaba “Jack el perezoso”.

La mujer comenzó a enfadarse con Jack, porque siempre estaba sentado junto al fuego sin trabajar para comprar comida ni hacer nada útil .

Un día, cuando ya no pudo aguantar más, le dijo: “ Jack, tienes que trabajar. Tienes que ayudar a pagar la comida. Si no vas a trabajar tendrás que marcharte de casa y buscarte la vida”.

Al día siguiente Jack salió de casa y encontró trabajo en una granja. Cuando terminó la jornada le dieron un céntimo. Como nunca había trabajado, jamás había tenido dinero, y no sabía que hacer con él.

Para volver a casa tenía que cruzar un puente. En el puente se resbaló y dejó caer el céntimo, que cayó al río y desapareció para siempre. Cuando llegó a casa y le contó a su madre lo que había ocurrido, ella le dijo: “ Qué tonto eres. Deberías haberlo guardado en el bolsillo”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack encontró otro trabajo, esta vez en una lechería. Cuando terminó la jornada el lechero le dio a Jack una jara de leche. Jack se acordó de lo que le había dicho su madre, y se metió el cuello de la botella en el bolsillo. Cuando llegó a casa se había caído toda la leche.

“Que tonto eres”, dijo su madre. “Deberías haber traído
la jarra de leche sobre la cabeza”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack encontró trabajo en una tienda de quesos. Cuando terminó la jornada la dueña de la tienda le pagó con un gran queso redondo. Jack se acordó de lo que había dicho su madre, y se puso el queso sobre la cabeza. Pero hacía tanto calor que para cuando llegó a casa el queso se había derretido y le caía por la cara.

Cuando su madre lo vio dijo:” Que tonto eres. Deberías haber traído el queso en las manos”.

“Lo haré la próxima vez”, dijo Jack.

Al día siguiente Jack trabajó en una panadería, y cuando terminó la jornada el panadero le dio un gato viejo. Jack se acordó de lo que había dicho su madre e intentó agarrarlo con las manos. Pero el gato le arañó y se le escapó. Cuando llegó a casa le contó a su madre lo que había ocurrido con el gato.

Ella dijo:” Qué tonto eres. Deberías haberlo traído atado con una cuerda”.

Jack dijo: “Lo haré la próxima vez”.

Al día siguiente Jack encontró trabajo en una carnicería. Se pasó todo el día cortando y empaquetando carne, y cuando terminó la jornada el carnicero la dio un jamón. Jack lo cogió, lo ató con una cuerda y lo llevó arrastras a casa. Pero cuando llegó estaba estropeado y cubierto de tierra.
No podían comer aquel jamón que Jack había arrastrado por el suelo. “Qué tonto eres. Deberías haberlo traído en el hombro”, le gritó su madre.

Jack dijo: “Lo haré la próxima vez”.

Al día siguiente, que era sábado, Jack trabajó en una cuadra con burros y caballos. Trabajó tanto que al terminar la jornada le dieron un burro. Jack se acordó de lo que le había dicho su madre e intentó cargar el burro a hombros. Pesaba mucho, pero después de varios intentos lo consiguió y comenzó a caminar despacio con el burro sobre los hombros.

Por el camino pasó por delante de una casa muy bonita en la que vivía un hombre rico con su hija, que estaba muy enferma. No se había reído nunca. Los médicos le habían dicho al padre que sólo se curaría si se reía. Lo había intentado mucha gente, pero nadie había conseguido hacerla reír ni sonreír.

La joven estaba mirando por la ventana cuando pasó Jack, y vio que tenía problemas para sujetar al burro sobre los hombros. Al burro no la hacía ninguna gracia que lo llevaran boca abajo, y comenzó a dar coces y a rebuznar con todas sus fuerzas.

Era lo más divertido que había visto en su vida. Se echó a reír a carcajadas, y la risa hizo que se curara inmediatamente.

Su padre se alegró tanto que le regaló a Jack mucho dinero y una casa muy grande. Ahora Jack vive en esa casa con su madre, y sigue haciendo reír a la bella joven.

Las dos ranas



Escrito por Andrew Lang 
Duración de la lectura: 5 minutos
En Japon vivían dos ranitas. Ambas eran muy felices, pero en diferentes ciudades; una vivía en Kioto y la otra se construyó una casa en las cercanías de Osaka.
Un buen día tuvieron el deseo de explorar otros lugares para conocer el mundo:
—Hoy partiré hacia Osaka —se dijo la ranita de Kioto.
—Hoy viajaré a Kioto —se dijo la ranita de Osaka.
Sin saberlo, las ranitas empacaron sus cosas al mismo tiempo y salieron saltando hasta el camino de la montaña que unía las dos ciudades.
El viaje resultó ser más largo de lo planeado y por esas cosas del destino; las dos ranitas, muy agotadas, se detuvieron en la cima de la montaña.
Al encontrarse, las dos ranitas se observaron con emoción. Luego, se saludaron y entablaron conversación. Fue así como supieron hacia donde se dirigían.
—¡Voy a Osaka! — dijo la ranita de Kioto—. Escuché que es una ciudad esplendorosa.
—¡Y yo voy a Kioto! — respondió la ranita de Osaka—. Todos dicen que es una ciudad espléndida.
—Es una pena que no seamos más altas— dijo la ranita de Kioto—. Si lo fuéramos, podríamos ver desde lo alto de esta montaña la ciudad que queremos visitar.
—¡Tengo una idea! — exclamó la ranita de Osaka—. Parémonos de puntitas con nuestras patas traseras y apoyémonos una a la otra. Así podemos echarle un vistazo a la ciudad a donde vamos.
Entonces, las dos ranitas se pararon de puntitas y se tomaron de las patas delanteras para no caerse.
La rana de Kioto alzó la cabeza y miró hacia Osaka. La rana de Osaka también alzó la cabeza y miró hacia Kioto
—¡Qué decepción! — dijo la ranita de Kioto—. Osaka es igual a Kioto.
—¡Qué desilusión! — dijo la ranita de Osaka—. Kioto es igual a Osaka.
En ese momento, la ranita de Kioto dijo:
—Me alegra que hayamos descubierto esto, ahora podemos ahorrarnos el largo viaje y regresar a casa.
Las dos se despidieron y comenzaron a saltar muy felices de vuelta a sus ciudades.
Sin embargo, las dos ranitas olvidaron que todas las ranitas del mundo tienen los ojos en la parte de arriba de la cabeza. En realidad, veían lo que estaba atrás y no adelante. ¡La ranita de Kioto estaba mirando hacia Kioto y la de Osaka estaba mirando hacia Osaka!

jueves, 4 de junio de 2020

Pinocho


Hasta el viejo hospital de los muñecos
llegó el pobre Pinocho malherido,
porque un espantapájaros bandido
lo sorprendió durmiendo y lo atacó.

Llegó con su nariz hecha pedazos,
una pierna en tres partes astillada;
una lesión interna y delicada
que el médico de guardia lo atendió.

A un viejo cirujano llamaron con urgencia
y con su vieja ciencia pronto lo remendó,
pero dijo a los otros muñecos internados:
todo esto será en vano, le falta el corazón.

El caso es que Pinocho estaba grave,
en sí de su desmayo no volvía
y el viejo cirujano no sabía
a quién pedir prestado un corazón.

Entonces, llegó el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó.
El caso es que Pinocho estaba grave,
en sí de su desmayo no volvía
y el viejo cirujano no sabía
a quién pedir prestado un corazón.

Entonces llegó el hada protectora
y viendo que Pinocho se moría
le puso un corazón de fantasía
y Pinocho sonriendo despertó
y Pinocho sonriendo despertó
y Pinocho sonriendo despertó.

miércoles, 3 de junio de 2020

Sapito y Sapón


Sapito y sapon

















 Sapito y Sapón
son dos muchachitos
de buen corazón.
El uno, bonito,
el otro, feón;
el uno, callado,
el otro, gritón;
y están con nosotros
en esta ocasión
comiendo malanga,
casabe y lechón.
¿Qué tienes, Sapito,
que estás tan tristón?
Madrina, me duele
la boca, un pulmón,
la frente, un zapato
y hasta el pantalón,
por lo que me gusta
su prima Asunción.
(¡Niño!)
¿Y a ti, qué te pasa?
¿Qué tienes, Sapón?
Madrina, me duele
todo el esternón,
la quinta costilla
y hasta mi bastón,
pues sé que a Sapito
le sobra razón.
(¡Pero niño!)
Sapito y Sapón
son dos muchachitos
de buen corazón.

La Margarita Blanca



Había una vez una Margarita blanca que vivía debajo de la tierra en una cuevecita oscura, caliente y tranquila. Un día oyó unos golpecitos en la puerta.

- Tras, tras, tras.

- ¿Quién llama?

- Es la lluvia.

- ¿Qué quiere la lluvia?

- Entrar en casa.

- ¡ No se pasa! ¡No se pasa!, dijo la Margarita blanca que tenía mucho miedo del frío.

Y después de muchos días volvieron a llamar a la puerta:

- Tras, tras, tras.

- ¿Quién llama?

- Es la lluvia.

- ¿Qué quiere la lluvia?

- entrar en casa.

- No se pasa! ¡No se pasa!, dijo la Margarita blanca y se acurrucó dentro de su cuevecita.


 Lisa y Anna


Y después de muchos días llamaron a la ventana:

- Chus, chus, chus

- ¿Quién llama?

- Es el sol.

- ¿Qué quiere el sol?

- Entrar en casa.

- ¡Aún no se pasa! ¡aun no se pasa!, dijo la Margarita blanca, porque era invierno.

Y después de muchos días volvieron a llamar a la ventana:

- Chus, chus, chus.

- ¿Quién llama?

- Es el sol.

- ¿Qué quiere el sol?

- Entrar en casa.

- ¡ Aún no se pasa! ¡Aún no se pasa!, dijo la Margarita blanca y se durmió tranquila.

Y después de muchos días volvieron a llamar a la puerta y a la ventana:

- Tras, tras, tras.

- Chus, chus, chus.

- ¿Quién llama?

- El sol y la lluvia, la lluvia y el sol.

- ¿ Y qué quieren el sol y la lluvia, y la lluvia y el sol?

- queremos entrar, queremos entrar.

- ¡Pues pasen los dos, dijo la Margarita blanca, y abrió una rendijita por donde se escurrieron el

sol y la lluvia dentro de la casa.

Entonces la lluvia la tomó por la mano derecha y el sol la tomó por la mano izquierda, y tiraron de la

Margarita blanca, y tiraron y tiraron hasta arriba y dijeron:

- ¡Margarita, Margarita, asoma tu cabecita!

La Margarita blanca pasó su cabecita a través de la tierra y se encontró en un jardín muy lindo con mariposas, pajaritos y niños jugando a la rueda:

Y la Margarita se abrió toda blanca con su moñito rubio. Y fue feliz.